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No Incites a la fiera!

Liberado por Christian Grey

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Me planta un beso suave en el pecho y agradezco que la
oscuridad no aparezca. La presencia de Ana la mantiene a raya.
—Será mejor que volvamos; no quiero que Mia nos interrumpa, como la última vez.
Ana se ríe.
—Ay, sí. Aquella vez no nos pilló por los pelos. Mi primer
polvo de castigo.
Me roza el mentón con la yema de los dedos y me doy la
vuelta, rodando y arrastrándola conmigo hasta retenerla contra
la alfombra de pelo.
—No me lo recuerdes. No fue uno de mis mejores momentos.
Arquea los labios en una sonrisa cohibida, con los ojos chispeantes de ironía.
—Como polvo de castigo, no estuvo del todo mal. Además,
recuperé mis bragas.
—Eso es verdad. Merecida y limpiamente. —Riéndome al
recordar la escena, le doy un beso rápido y me incorporo—.
Vamos, ponte las bragas y volvamos a lo que queda de la fiesta.
Le subo la cremallera del vestido verde esmeralda y le echo mi
chaqueta por encima de los hombros.
—¿Estás lista?
Entrelaza los dedos con los míos y caminamos hacia lo alto de
las escaleras de la casita del embarcadero. Se detiene un momento
y se vuelve para admirar nuestro refugio floral como si estuviera
memorizando aquella imagen.
—¿Y qué pasa con todas estas luces y con las flores?
—Tranquila, mañana volverá la florista a recogerlo todo. La
verdad es que han hecho un trabajo estupendo, y las flores irán a
una residencia de ancianos local.
Me aprieta la mano.
—Eres una buena persona, Christian Grey.
Espero ser lo bastante bueno para ti.