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No Incites a la fiera!

Liberado por Christian Grey

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—Esto es muy grande para ser una iglesia, Christian.
—Eso es verdad.
Sonríe.
—Es perfecta.
Cogidos de la mano, atravesamos una de las puertas principales
y nos dirigimos al vestíbulo antes de adentrarnos en la nave
central. Mi primer impulso me hace acercarme a la pila del agua
bendita para santiguarme, pero me contengo justo a tiempo,
consciente de que si tiene que alcanzarme un rayo, será justo en
ese preciso instante. Veo a Ana boquiabierta con gesto de
sorpresa, pero aparto la mirada para admirar la impresionante
bóveda mientras aguardo el juicio de Dios.
No, hoy no me va a alcanzar ningún rayo.
—Las viejas costumbres —murmuro, sintiéndome un poco
avergonzado pero aliviado a la vez de no haber acabado reducido
a cenizas en el majestuoso espacio. Ana dirige su atención al
magnífico interior: los techos altos y ornamentados, las columnas
de mármol de color óxido, las intrincadas vidrieras de colores…
La luz del sol penetra en un haz regular a través del óculo de la
cúpula del crucero, como si el mismo Dios estuviera derramando
su sonrisa sobre el lugar. Un murmullo silencioso inunda la nave,
envolviéndonos en una calma espiritual que solo quiebra el eco
de la tos ocasional de alguno de los escasos visitantes. Es un lugar
tranquilo, un refugio del bullicio y el hervidero de actividad de
Seattle. Había olvidado lo hermoso y apacible que es este espacio,
pero es cierto que hacía años que no entraba en su interior.
Siempre me había gustado la pompa y el ceremonial de la misa
católica. El ritual. Las réplicas. El olor a incienso. Grace se
aseguró de que sus tres hijos conociesen al dedillo todos los
entresijos del catolicismo, y hubo una época en que habría hecho
cualquier cosa con tal de complacer a mi nueva madre.
Sin embargo, llegó la pubertad y todo eso se fue a la mierda.
Mi relación con Dios nunca se recuperó de aquello y cambió la
relación con mi familia, sobre todo con mi padre. A partir del
día en que cumplí los trece años, siempre andábamos los dos a la
greña. Ahuyento el recuerdo. Me resulta doloroso…