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No Incites a la fiera!

Liberado por Christian Grey

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Ana, lanzándome una mirada de advertencia, retándome a
llevarle la contraria.
—Pues entonces, seis semanas —zanjo—. Gracias, mamá.
En el camino de vuelta a Seattle, Ana está muy callada.
Seguramente está pensando en mi arrebato de esta mañana
contra Carrick. Aún me escuece nuestra discusión de anoche; su
desaprobación es como una herida que me quema la piel. En el
fondo, me preocupa que lleve razón: que no esté hecho para el
matrimonio.
Mierda, voy a demostrarle que se equivoca.
No soy el adolescente que cree que soy.
Fijo la mirada delante, en la carretera, abatido. Tengo a mi
chica aquí a mi lado, hemos fijado una fecha para nuestra boda y
debería estar dando saltos de alegría, pero en vez de eso, estoy
recreándome en los restos de la furiosa diatriba de mi padre
contra Elena y el acuerdo prematrimonial. Mirándolo por la
parte positiva, creo que sabe que la ha cagado. Ha intentado
congraciarse conmigo antes, cuando nos despedíamos, pero su
intento torpe y desacertado de hacer las paces aún me duele.
«Christian, siempre he hecho todo lo que ha estado en mi
mano para protegerte. Y he fracasado. Debería haber estado a tu
lado.»
Pero yo no quería oírle. Debería haber dicho eso anoche. No
lo hizo.
Niego con la cabeza. No quiero pensar más en esto.
—Oye, tengo una idea —. Alargo la mano y le aprieto la
rodilla a Ana.
A lo mejor mi suerte está cambiando: hay sitio para aparcar en la
catedral de Saint James. Ana contempla entre los árboles el
majestuoso edificio que ocupa una manzana entera en la Novena
Avenida y luego se vuelve a mirarme con gesto interrogador.
—Es una iglesia —le ofrezco, a modo de explicación…