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No Incites a la fiera!

Liberado por Christian Grey

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No, Anastasia.
Dios y yo tomamos caminos diferentes hace ya mucho
tiempo.
—¿Y tú? —pregunto, recordando que Welch no encontró
ninguna filiación religiosa cuando investigó su pasado.
Niega con la cabeza.
—No. Ni mi padre ni mi madre profesan ninguna religión.
Pero me gustaría ir a la iglesia hoy. Necesito dar gracias… a
alguien por el hecho de haberte traído vivo de vuelta de ese
accidente de helicóptero.
Lanzo un suspiro mientras me imagino fulminado por un
rayo al entrar en el terreno sagrado de una iglesia, pero por ella,
iré.
—Está bien, veré qué puedo hacer. —Le doy un beso
rápido—. Vamos, dúchate conmigo.
Hay una bolsa de cuero en la puerta de mi dormitorio: Taylor
nos ha traído ropa limpia. Recojo la bolsa y cierro la puerta.
Ana está envuelta en una toalla, con un reguero de relucientes
gotas de agua en su espalda. Mi panel de corcho centra toda su
atención y, en concreto, la foto de la puta adicta al crack. Vuelve
la cabeza hacia mí con aire interrogante en su hermoso rostro…
con una pregunta que no quiero responder.
—Aún la tienes —dice.
Sí, aún tengo la foto. ¿Y qué?
Con la pregunta aún suspendida en el aire entre nosotros,
sus ojos se vuelven más luminosos con la luz de la mañana,
horadándome, suplicándome para que diga algo. Pero no puedo.
No quiero ir ahí. Por un momento, me acuerdo del puñetazo en
el estómago que sentí cuando Carrick me dio aquella fotografía,
tantos años atrás.
Mierda. No vayas por ahí, Grey.
—Taylor nos ha traído una muda de ropa —murmuro al
arrojar la bolsa sobre la cama. Sigue un silencio desesperadamente
largo hasta que responde.